✍️ Cuando el nombre es una firma

Renombrar para dejar huella rara vez es vanidad: es lo que ocurre cuando una organización solo sabe reconocer lo que se estrena y no lo que se sostiene.

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✍️ Cuando el nombre es una firma

Llega alguien nuevo a dirigir un área. A los tres meses, el modelo que llevaba años funcionando pasa a llamarse de otra manera. La estructura es la misma, las etapas son las mismas, incluso el documento es el mismo con la portada cambiada. Pero ahora tiene un nombre nuevo, y ese nombre es suyo.

Es fácil leerlo como ego. Casi siempre es otra cosa, y esa otra cosa es más interesante.

Lo que la organización premia

Piensa en cómo se evalúa a un mando en la mayoría de las organizaciones. Se le pregunta qué ha hecho, qué ha impulsado, qué ha puesto en marcha. Se valora la iniciativa, el impulso, la huella.

Nadie pregunta qué ha mantenido en pie. No hay un apartado en la evaluación para «cuidó un sistema que ya funcionaba y no lo tocó». Mantener no se ve, no se presenta en comité y no aparece en ningún objetivo anual.

Si el sistema solo reconoce la autoría, la gente producirá autoría. Y la forma más rápida, más barata y menos arriesgada de producir autoría sobre algo que ya existe es ponerle tu nombre.

Cuando una organización solo sabe reconocer lo que se estrena, renombrar deja de ser vanidad y se convierte en una respuesta racional a los incentivos.

El nombre como propiedad

Hay una segunda capa, más incómoda y más humana. Un nombre propio sobre un proceso crea una forma de propiedad: mientras se llame así, quien lo bautizó es la referencia obligada. Se le consulta, se le invita, se le necesita.

En organizaciones donde la posición se siente inestable —reestructuraciones frecuentes, criterios poco claros, cambios de dirección— eso no es ambición: es protección. Ser imprescindible es una estrategia de supervivencia perfectamente comprensible, aunque el coste lo pague el sistema.

El efecto, eso sí, es el mismo que cuando el estándar vive en una persona en lugar de en el proceso: el conocimiento deja de ser de la organización y pasa a depender de que alguien siga estando.

Cómo se reconoce

Hay señales bastante fiables para distinguir un renombrado de autoría de uno con causa.

  • El cambio coincide con la llegada de alguien, no con un problema detectado.
  • Nadie que use el proceso a diario había pedido el cambio, ni sabe explicar qué mejora.
  • El contenido es reconocible: mismas etapas, mismos roles, mismo documento con otra portada.
  • El nombre nuevo es más abstracto que el anterior, y más difícil de explicar a alguien de fuera.
  • Preguntar «¿qué es distinto ahora?» produce una respuesta sobre enfoque o filosofía, no sobre lo que alguien hace de otra manera el lunes.

Ninguna de estas señales prueba mala intención. Todas indican que el cambio es de etiqueta, no de proceso, y eso basta para tratarlo como lo que es.

Qué hacer con ello

Atacar la motivación personal no lleva a ningún sitio, y además suele ser injusto. Lo que sí se puede hacer es cambiar lo que la organización reconoce.

  • Dar crédito explícito por continuidad: quien sostiene un sistema que funciona debería poder contarlo como logro, con el mismo estatus que quien lanza algo nuevo.
  • Separar la autoría de la propiedad. Que conste quién diseñó algo —eso es legítimo y barato— sin que eso implique que el proceso le pertenece.
  • Poner el nombre bajo la misma disciplina que cualquier otro cambio: si modifica un estándar compartido, necesita causa, impacto y quién asume el coste de la transición.
  • Preguntar, sin ironía, qué hará distinto quien ejecuta el proceso a partir del lunes. Si la respuesta es «nada», el cambio no es un cambio.

El fondo del asunto

Renombrar por autoría no es un defecto de carácter de nadie. Es lo que pasa cuando una organización mide la contribución por lo que se estrena y no por lo que se sostiene.

Mientras el único modo de demostrar que aportas sea poner tu nombre encima de algo, habrá nombres nuevos cada vez que cambie un responsable. Y el proceso, por debajo, seguirá siendo exactamente el mismo.

Para seguir leyendo

Sobre lo que pasa cuando el conocimiento depende de una persona, Cuando el estándar se va con quien lo sostenía. Y sobre informar en verde lo que está en rojo, Verde por fuera, rojo por dentro.

Serie: el desperdicio de renombrar